Bicentenario I
jueves 16 de julio de 2009
Por sendas inhóspitas hasta para un caballo, con la noche por cobija y la tierra deforme de la sierra por camino, se vio al general en varias ocasiones después de haber dado las buenas noches a su tropa. Subía y caía para caminar luego a trompicones.
Más tarde se supo que el espíritu saturnino que le provocaba mirar la luna más de la cuenta se debía a que una saludable morena, aceitunada por los soles que van de abril a noviembre abriéndole la boca a los lagartos y blanqueando la lengua de los coyotes, se le había paseado por los ojos una tarde de huchepos almidonados al fondo del estómago con copitas de mezcal.
Después de tantas vaguedades a la sombra del conticinio, el general se la robó de la panadería de doña Licho una tarde sórdida en la que no acabó por lloviznar: llegó a pie, miró a ambos lados del camino polvoroso, entró saludando, la vio, le dijo “buenas tardes, vengo por ti” y se fue cargándola igualmente a pie. Nadie se atrevió a seguirlos.
Los observadores, entre los que se cuentan los periodistas extranjeros que se la pasan bebiendo de sus ánforas de bolsillo, estiman que el general está enamoradísimo (a más no poder).
Sección: El Mono Gramático
La recompensa
domingo 12 de julio de 2009
Ella recordaba haber escrito poesía desde que se encontraba en esa edad de entre la escuela secundaria y la educación preparatoria. Sus poemas empezaron siendo un remedo directo de algunos memorables versos de Amado Nervo; con más años, cuando ya ejercía de arquitecta en la oficina de obras del Ayuntamiento, escribía paráfrasis de André Bretón o ensayaba finales alternos de los sonetos de Góngora. Casada, apenas con tiempo para atender a los hijos, su empleo y a ella misma, ensayaba sus primeros poemas, libres de influencia, fundados únicamente en su propia inspiración y aprendizaje del oficio.
Escribió y guardó esos poemas durante más de cuarenta años. Nunca creyó adecuado presentarlos en los talleres literarios que se pusieron de moda en la ciudad durante algunas décadas, y que, ahora, con el advenimiento de la internet y las computadoras, habían desaparecido por el desinterés de las nuevas generaciones en la literatura (los jóvenes identificaban la creación poética con la artesanía). Los poetas de mediano prestigio, que habían ejercido un principado en esos talleres, ahora se habían empleado en las notarías o en los departamentos de corrección de estilo de las universidades.
Tampoco quiso interceder por sus creaciones en las editoriales. Suponía que se trataba de un mundillo de farsas y consentidos, al que había querido acceder cuando ya era tarde, cuando no iba a ser posible que admitieran a un ama de casa en las deliberaciones de la teoría literaria. En efecto, asistió a un par de sesiones, pero advirtió pronto las miradas de sospecha de sus compañeros, de todos, de una u otra forma, intelectuales, percibió un celo, consistente en que tal vez ella escribiera mejor que ellos habiendo tomando el oficio sólo como un hobby.
El éxito literario nunca fue para ella un objetivo primario; sólo deseaba que sus poemas fueran leídos no solamente por Lorena, con quien se había amistado desde la Facultad, sino también por un público, que, aunque pequeño, tuviera la sensibilidad de apreciar tanto la intención como el contenido. En su momento, había leído, a cada uno de sus nietos, algunos versos rimados en forma de canciones. A algunos les habían gustado, y los repetían entre los mismos primos a la hora de jugar. Quien más los repetía era Javier, el cual, sin que ella lo percibiera apenas, se había convertido en el nieto consentido.
Empero, sus poemas no eran propositivos ni novedosos ni experimentales. Trataban simple y únicamente de ese amor adolescente que se enamora de la imposibilidad de obtener lo amado y se dedica a lamentarse de esa situación, no sin cierta vocación por la desdicha; más emparentados con los boleros mexicanos que con la poesía que triunfaba año con año en los concursos rimbombantes.
—No quisiera que me publicaran mis poemas después de muerta sólo porque me morí. Me parecería una caridad, y ya sabemos que la caridad se da por lástima.
—Pues habías de tratar de enviarlos a alguna editorial, a algún concurso —la reprendía Lorena, receptora de estas inquietudes.
—Esos concursos ya están dados.
—¡¿Cómo?!
—Si, mira, lo dijo alguien en el taller literario, a ese que fui hace algunos años… ¿te acuerdas que te platiqué?
—Sí, lo recuerdo, pero… te digo, cual más de algún concurso ha de escaparse a las redes de la mafia literaria, como tú le llamas a eso que yo dudo que exista.
—Lo pensaré —concluía ella.
Así se lo pensó durante cuarenta años, cuando casi rozaba los noventa de edad. Vio en el periódico la convocatoria. Su obra reunía con creces los requisitos. Organizó los versos, le pidió a un nieto que los pasara en limpio en la computadora y que le imprimiera los juegos. Con un beso, despidió el sobre en la oficina de correos. Después de dos meses, se comunicaron con ella: había ganado el Premio Nacional de Poesía, que constaba de una estatuilla en cristal de un poeta famoso, ya fallecido, y de una cuantiosa suma de dinero.
Asistió a la ceremonia de entrega del premio acompañada de Lorena y de Javier. Diez horas en camión. Leer parte de la obra durante el acto, recibir aplausos y el odio disimulado de algunos de los poetas modernistas y de avanzada a los que había vencido y que hipócritamente se encontraban ahí. Regresar a su ciudad. Planear qué hacer con el dinero…
—¡Qué bueno que les ganaste a esos presumidos que escriben esa poesía con la que me duele la cabeza! —le dijo Lorena.
El dictamen del jurado decía: “El autor (porque no se sabía en ese momento si era autor o autora: se compite con seudónimo) ha tomado la sencillez, la franqueza, el lenguaje llano y la lucidez, y les ha unido con suma paciencia para que cada parte dé de sí misma lo mejor, en una obra de la que se desprende una tibieza de amor con que los poetas de siempre han abrazado a la humanidad.”
—Sí -contestaba ella-, ojalá que me publiquen la obra.
—Te la van a publicar, ya verás. Toda esa gente es tan hipócrita, que te van a invitar a muchas cosas. Les conviene tenerte de su lado.
A los pocos días, recibió la propuesta de una revista universitaria para que escribiera un poema en cada número, la invitación para asistir como miembro con voz y voto a las sesiones del partido liberal (“donde las mujeres estamos llevando a cabo nuestra propia revolución”; así le dijeron), la sugerencia del alcalde de otorgarle el premio Ciudadano de Oro, el ofrecimiento de los historiadores locales para que se le nombrara la Cronista Poética de la Ciudad, y muchos más ofrecimientos y proposiciones.
Llegó un momento en que se cansó de tantas llamadas y se fue de paseo con Javier. Había gastado parte del dinero en adornar con un poco de más dignidad la tumba de su esposo. Se compró un abrigo que siempre veía de regreso a su casa después de cobrar su mensualidad como pensionada. Le hizo un préstamo a uno de sus hijos que andaba en apuros con el banco. Se tomó muchos cafés irlandeses con Lorena. Y remodeló su casa, sin que ésta perdiera su carácter rústico.
Había pensado llevar a Javier al zoológico, pero le pareció que ya era tarde y cerrarían. Sólo caminaron por el centro. Se distrajo viendo la ropa que ahora podía comprarse pero que nunca habría de usar porque no formaba parte ni de su educación ni de su estilo. Javier dejó de darle la mano y se le perdió. Le buscó. Preguntó por él a todos los transeúntes. Una señora que vendía helados le dijo que se lo habían llevado los de una patrulla al descubrir que se había perdido. Incluso le proporcionó el número de la patrulla. Se dirigió a la estación de policía, llamaron a los patrulleros y estos negaron todo. Regresó con la de los helados y le mostró las fotos que su hijo había tomado discretamente a los uniformados. La señora de los helados le confirmó que eran ellos los que se habían llevado a Javier.
—¿Todavía frecuentas a aquel ex policía? —le preguntó a Lorena.
—¿Cuál? ¿El que prestaba servicios?
—Si, ése.
—No, pero que se te ofrece.
—Un servicio, claro.
Lorena no podía creerlo. Su amiga, a la que conocía desde hacía más de 70 años, deseaba ahora tratos con una de las facetas del crimen organizado. No podía creerlo porque su amiga siempre se había conducido no sólo lejos de ese peligroso núcleo, sino que además la admiraba por su entereza moral. No quiso ser cómplice cuando el líder del sindicato de los trabajadores municipales ofreció vehículos nuevos a sus agremiados con la finalidad de que guardaran silencio respecto de los arreglos que había hecho con la Presidencia Municipal, y por los cuales él se había hecho de una fortuna. Se negó a que su nieto aprobara el año escolar, habiendo reprobado el curso ordinario, por medio de los servicios de un conocido de su hijo que laboraba en la administración de la escuela, y al que habría de pagársele para que alterara la información en el cárdex correspondiente. Se manifestó en desacuerdo cuando a su esposo, abogado, le ofrecieron un puesto en el Gobierno a cambio de que se hiciera de la vista gorda cuando se desviaran recursos económicos al partido político de sus jefes.
Así que no podía creerlo. Pero acordó la cita.
Se creería que un integrante del hampa procuraría lugares sórdidos para arreglar sus turbios negocios, pero el ex policía simplemente invitó a ambas señoras a su casa. Tal vez por la vieja amistad entre Lorena y él, tal vez porque deseaba transmitir un poco de naturalidad en los trabajos que realizaba.
Les hizo pasar a una casa que evidenciaba una limpieza reciente y excepcional. Resultaba difícil calcular los ingresos del ex policía para confrontarlos con el tipo de vida que llevaba. No podía establecerse si vivía por debajo de su capacidad o si se le imponía la necesidad de sólo parecerlo. Comoquiera, la casa tendía más a un conjunto de habitaciones pequeñas y de humilde arreglo y decoración. En el love seat, ella y Lorena se acomodaron manifestando con mayor evidencia su alianza. No se distrajeron en cortesías. Ella tenía prisa.
—Aquí están los datos de la patrulla —le dijo al ex policía—, el número de placa y el número de patrulla. Aquí están las fotos de los policías. ¿Cuánto me va a cobrar? —se apresuró aún más.
El ex policía revisó las caras de sus ex colegas y reconoció a uno de ellos, pero no dijo nada, porque para ellas supondría mayor facilidad para cumplir con el trabajo y, claro, un regateo en el precio.
Lorena intervino:
—Ya te dije que ella no tiene dinero. Tiene solamente lo que le sobró de un premio que le dieron. No es mucho.
Convinieron en el precio y en el plazo que el ex policía solicitó para ofrecer un resultado.
Al cabo de cinco meses, Javier, el nieto consentido de ella, estaba de vuelta en casa de sus padres, quienes consideraron el hecho como un milagro.
El ex policía había dado con los patrulleros, les había aprehendido y resguardado en el rancho de un compinche. Con diversos métodos de tortura, los policías confesaron:
Se percatan de que el niño se ha extraviado. Uno le propone al otro venderlo a la señora que obliga a los niños a pedir limosnas. La señora revende al niño a otros explotadores, pero, estos, de otra ciudad, lejana, para aminorar el riesgo de que sean descubiertos. El niño ha recibido buena educación, posee una formación académica mayor que los de su edad. Así que le vuelven a vender a unos traficantes de abarrotes obtenidos de los asaltos a camiones de transporte. Ha estado con ellos dos meses. Un ex agente ministerial, enrolado en la compra venta de infantes para dar en adopción en Norteamérica y Escandinavia se interesa por él. Ofrece. Se queda con el niño y lo vende en Dinamarca a una pareja de ancianos sin hijos.
Pero, luego, después de las sesiones de tortura, la historia debió ir hacia atrás.
—Ha sido un buen trabajo —dice ella al ex policía—. He venido a traerle el resto del dinero.
—Muchas gracias —dice Lorena-. Y se despiden rápidamente de él.
En la calle, Lorena atisba el semblante de su amiga. Es la mejor que tiene. Admira su gran corazón. Por eso no puede creerlo.
—Bueno —dice ella—, no creo que necesario pedirte que esto quede como un secreto entre amigas.
—Claro que no —contesta Lorena-. Por eso nos conocemos desde hace tanto tiempo.
—Sí, por eso soy tan buena poeta.

Sección: El Mono Gramático
Un rollo consciente
martes 9 de junio de 2009
Sección: Letreros
Doña Luz
domingo 7 de junio de 2009
Sección: Mujeres
Todo placer
jueves 4 de junio de 2009
Sección: Letreros
La tiranía del alfabeto
miércoles 3 de junio de 2009
Nadie nunca ha puesto en duda la supremacía del orden alfabético.
Como otrora sucedió con el llamado mandato divino, nombrar a las personas con el arbitrario orden del abecedario devino una imposición nada debatible y un método de figuración y presentación hasta inclusivo, pues disciplina por igual a brunos y blondos, a mudos y vocingleros. Por medio de esta solícita metempsicosis, el alma democrática universal viaja de uno a otro individuo para colmarnos de equidad y para relajamiento de quien alucina con represiones por todos lados.
Hasta los partidarios de causas no pedidas aceptan que los Abarca van primero y que los Zetina bostezan hasta que se les nombra. Si hay tipos que practican devotamente la tolerancia, esos son los Zapata y los Zavala, los Zamudio y los Zuno, que escalan hasta la cima del fastidio en tanto se nombra a tanto García, a los fecundos Pérez y los Sánchez innumerables.
Este método jerarquizador de nombrar de acuerdo con el abecedario se encuentra mucho más acreditado que la insaculación, los sorteos y las quinielas, que al cabo comparten el azar: será también porque no se les puede deslindar de su hipersensibilidad para la corruptela; tampoco se acepta de buena gana que se cite primero a quien ha llegado o ha hecho las cosas primero, ni menos que se privilegie a un individuo por su edad o su sexo.
En los graciosos pases de lista escolares, en el ámbito electoral (muy de suyo circunspecto), en las apocalípticas oficinas de la Hacienda Pública o en cualquier espeluznante antesala de espera donde se guarda sin embargo la esperanza de al fin ser nombrado, durante el lúgubre Servicio Militar y en las bibliotecas el orden alfabético es soberano e inobjetable. Es la única severidad que reconocen sin parpadear los Aburto y los Zárate, los monótonos metódicos y los revoltosos incomprendidos.
En realidad, si se atiende a lo que se llama Las Escrituras, los lideretes religiososo podrían encontrar asimismo el origen de este fenómeno en la divinidad, pues fue quien dio al hombre la facultad del habla, y se le escarbáramos un poquito más, esta alineación letrística puede remontarse a la suerte como su fuente primigenia.
Acá en la Tierra, para que nadie pelee ni reclame los órdenes de aparición o atención, contamos no con números, sino con unas cuantas letras que contienen un poco las ansias de privilegio individual.
Todavía no he conocido a nadie que se le haya ocurrido dar un golpe de Estado al orden alfabético.
Sección: El Mono Gramático
¿Qué?, ¿es mucho pedir?
jueves 14 de mayo de 2009
Sección: Letreros
Marimba
miércoles 13 de mayo de 2009
Sección: Habitantes Urbanos
Dudas
martes 12 de mayo de 2009
El sueño es una película premonitoria mal editada.
El amor es una descarga no a quemarropa sino a quemapiel.
La vida es una copia al carbón de eso que sí se es en otro lado.
—¡No me digas!
La libertad es raras veces una hazaña humana.
La mujer es la llamada a misa de una religión que nadie conoce a fondo.
El silencio es el coleccionista de los timbres postales del recuerdo.
—¿A poco?
La soledad es una tienda de juguetes o un holocausto o una siesta.
La muerte es jugar a las escondidas por toda la eternidad.
La poesía es un sobre echado por debajo de la puerta de la realidad.
—¿En serio?
Sección: El Mono Gramático
Espectacular
domingo 3 de mayo de 2009
Sección: Habitantes Urbanos
¡Y de gorra!
sábado 2 de mayo de 2009
Sección: Letreros










